¡HABLEMOS DE CINE!
Por Juan Alberto Maselli.


La repetición de El baño del Papa en la crisis de Luján
La inminente llegada del papa León XIV a la ciudad bonaerense de Luján ha reactivado un fenómeno social que el cine ya anticipó de forma magistral. Las proyecciones oficiales que estiman la llegada de millones de fieles han desatado una fiebre comercial en una comunidad que arrastra las marcas de la crisis económica actual. Este escenario no es nuevo. Es la repetición exacta de las tensiones narradas en El baño del Papa (2007), la aclamada película uruguaya dirigida por César Charlone y Enrique Fernández. El film, ambientado en 1988 durante la visita de Juan Pablo II a la desfavorecida ciudad fronteriza de Melo, funciona hoy como el espejo crítico de una realidad donde la fe se cruza con la urgencia económica.

El largometraje se sostiene sobre una contradicción desgarradora. Mientras los discursos oficiales y los medios de comunicación agitan la promesa de un milagro financiero por la llegada masiva de peregrinos, los habitantes de Melo —que subsisten gracias al contrabando menor en bicicleta, el «bagayo»— invierten sus escasos recursos en puestos de comida y servicios improvisados.

En el centro de esta ilusión colectiva emerge Beto (interpretado con maestría por César Troncoso), quien decide diferenciarse de la competencia construyendo un baño letrina frente a su casa para alquilarlo a los turistas.
El desenlace, marcado por una asistencia notablemente menor a la proyectada, destruye las expectativas del pueblo y transforma la obra en un retrato agridulce sobre la fragilidad de las economías de subsistencia.
Sin embargo, reducir El baño del Papa a la crónica de un fracaso comercial significaría pasar por alto su valor fundamental como expresión cinematográfica de la cuestión social. Los directores logran esquivar con lucidez el golpe bajo del melodrama y la mirada condescendiente hacia la pobreza. La película no victimiza a sus personajes; los dota de iniciativa, sueños y profundas contradicciones.
La construcción del inodoro de Beto no es un chiste absurdo, sino el símbolo material de una búsqueda desesperada de progreso dentro de un sistema que excluye sistemáticamente a los sectores más vulnerables. La puesta en escena expone con rigor la violencia de un Estado ausente en lo productivo pero implacable en su faceta represiva, encarnada en el control aduanero que persigue el sustento diario de los trabajadores informales.

Hoy, la geografía de Luján actualiza esta misma dialéctica entre la necesidad y la esperanza comercial. El anuncio de la visita papal ha disparado los precios de los hospedajes en niveles exorbitantes, y los talleres locales han inundado el mercado con merchandising conmemorativo. Al igual que en la película, la comunidad ensaya estrategias comerciales masivas bajo el sesgo de un optimismo alimentado por el impacto del espectáculo político-religioso.
La diferencia radica en que, mientras en Melo la multitud resultó ser un espejismo, en Luján la afluencia de millones de personas está garantizada por su propia naturaleza de santuario nacional. No obstante, la lógica del «sálvese quien pueda» económico y la ilusión de «hacerse unos pesos extras» para paliar la precarización material unifican ambas experiencias históricas.

El cine, concebido aquí como una herramienta de análisis crítico, nos advierte sobre los peligros de mercantilizar la fe frente a las promesas del libre mercado efímero. El baño del Papa deja en evidencia cómo las dificultades económicas generan tensiones en el tejido familiar y social, obligando a los desposeídos a competir entre sí en lugar de articular respuestas colectivas. El film resulta indispensable para comprender el presente: la base del debate sigue siendo la desigualdad y las deudas estructurales en el acceso a una vida digna.
En Luján, detrás del despliegue logístico y de los seiscientos baños químicos municipales instalados para evitar el caos, late la misma urgencia humana que Charlone y Fernández retrataron hace casi dos décadas. El negocio de la esperanza se renueva, demostrando que cuando el Estado se retira, la supervivencia se convierte en el único milagro disponible.


